Señores políticos de Cataluña:
Como representantes elegidos por el pueblo, deben tener muy en cuenta que la última encuesta realizada por la prestigiosa empresa Demoscopia revela que el 73% de los catalanes está a favor de modificar la ley de protección de animales para abolir de inmediato las corridas de toros, que 22 municipios catalanes se han declarado oficialmente amigos de los toros y de los demás animales y opuestos a la barbarie taurina, que 549.000 firmas se han presentado en el Parlamento de Cataluña pidiendo la abolición de estas salvajadas, así como un manifiesto firmado por intelectuales, artistas y asociaciones culturales, y que las tres únicas plazas que quedan en Cataluña se van quedando vacías al mismo ritmo que se van organizando manifestaciones de defensa animal cada vez más numerosas.
No olviden, Señores, que los toros NO votan, pero las personas que rechazamos el sufrimiento, SI. Y ya estamos hastiadas de contemplar cómo, quienes se hacen llamar progresistas, se empeñan en mantener costumbres bárbaras de la Edad Media, en las que a unos seres inocentes se les aplican torturas, mutilaciones, taladros, aberturas y desangramiento, calculados de la forma más espeluznante posible para que el condenado a muerte no muera de golpe, sino que su agonía sea lo más atroz posible, como espectáculo educativo para las masas. (Pueden comprobarlo en www.latortura.es, -vídeos grabados en Barcelona-).
Según el diccionario de la RAE, progresista es relativo al progreso, es decir a la acción de ir hacia adelante, al avance y al adelanto. Desgraciadamente, estos calificativos no se pueden aplicar a Cataluña, pues se ha detenido y ha quedado anclada y amarrada al pasado.
Lo que ustedes entienden por progreso consiste en lo siguiente: una tortura presidida por un presidente (lo que en la Santa Inquisición se denominaba Gran Inquisidor) y comienza así: antes de que la víctima salga a la plaza, se le ha introducido vaselina en los ojos para dificultar su visión, se le han golpeado las costillas con sacos de arena para no dejar marcas, se le ha introducido paja o algodón de estopa en la nariz para dificultar su respiración, se le ha mantenido varios días sin comer ni beber, se le han suministrado laxantes, se le ha encerrado totalmente a oscuras durante días, se le ha vertido líquido corrosivo en las pezuñas, se le han afeitado las astas, etc. Todo ello para debilitarle, deshidratarle y reducir al máximo sus fuerzas. Por ello, en el momento de salir al ruedo, este pacífico herbívoro es ya un semi cadáver, pero es entonces cuando se le clavan alfileres en los testículos y una divisa que le hace salir disparado por el dolor.
Y a partir de aquí, hasta el propio marqués de Sade envidiaría tanto ingenio al servicio de la tortura:
Primer ejemplo: la puya, sorprendente barbaridad ¡publicada en el BOE! para romper los músculos del cuello y espalda del toro perforándolo una y otra vez, sobre un caballo viejo con ojos vendados al que generalmente se le cortan las cuerdas vocales y se le seda para que no grite de dolor y no moleste a la audiencia, "vestido" con un peto para que el público no vea como se le destripa. Cuando esto ocurre, se le lleva a los toriles, donde los intestinos son devueltos a su lugar, se le rellena con estopa, serrín o trapos, se le cose, y se le devuelve al ruedo. Aunque no sea destripado, es habitual que el caballo sufra múltiples roturas de costillas y sin curar, se le enviará a otras plazas donde se le seguirá atormentando y acabará muriendo al cabo de seis o siete corridas como máximo.
La propia blandura del músculo del toro cede hundiéndose bajo el peso del picador sobre el breve tope de la puya (el llamado efecto "acordeón") o el acertar un segundo puyazo sobre el agujero ya provocado por el anterior, es a veces suficiente. Pero a veces interviene la pericia del picador, que si recibe la orden del matador, inicia un movimiento de vaivén, al tiempo que empuja lateralmente para agrandar la herida. Cuando consigue que uno de los extremos de la cruceta que hace de tope se cuele por el boquete, lo aprovecha como punto de apoyo y ya puede profundizar lo que quiera, manejando el tope como un sacacorchos ("barrenar"). Claro que tiene que cuidar que cuando el toro se separa, no se engarfie la cruceta en la carne y le arranque la vara de las manos, lo cual ocurre de vez en cuando. El que en ocasiones un toro resulte muerto por los puyazos, o más frecuentemente quede cojo o semiparalizado por haberle machacado el homóplato o una vértebra, no deja de ser un "accidente", acaso intencionado, pero que desdice poco de un refinado instrumento que cumple perfectamente su cometido: desangrar parcialmente al toro, reducir considerablemente su fuerza, obligarle a humillar la cabeza y permitir al matador simular su valentía.
Segundo ejemplo: las banderillas, otro instrumento de exquisito refinamiento: cumple su trabajo de manera silenciosa y oculta, pero con total eficacia. Sus 60 milímetros de largo (80 en las banderillas negras) provocan un dolor fuerte e inmediato. Si no entra por el mismo boquete producido por un puyazo anterior, no puede alcanzar ningún órgano vital. Pero su primer refinamiento está precisamente en el palo: una vez que el hierro ha entrado en el músculo, cualquier movimiento del toro se traduce en una oscilación del palo, oscilación que éste (el palo) transmite como un brazo de palanca al hierro. Así, el hierro no deja de hurgar, cortar y herir por dentro, provocando un continuo tormento: para que la banderilla no se desprenda de una herida cada vez más amplia, en su punta lleva un arpón de 16 milímetros de ancho (20 en las negras) similar en las formas a los anzuelos de pescar. Este arpón se engarfia de tal manera en la carne que, para quitarlo, los banderilleros tienen que auxiliarse con frecuencia de alicates.
Se podría extender este escrito mencionando los estoques de matar, estoques de descabellar, farpas, rejones de castigo, rejones de muerte y un sinfín de instrumentos de tortura taurina cuyo único refinamiento destacable es el disimulo, porque no se quiere percibir la auténtica verdad que es un ser inválido, moribundo, incapaz de mantenerse en pie, solo y desvalido ante sus verdugos, al cual muchas veces cortan apéndices (orejas, rabo) y descuartizan en vivo.
Querer negar la evidencia es querer negar lo innegable. Los toros son bovinos herbívoros, pacíficos por naturaleza, mamíferos muy próximos a los homínidos y, al tener más desarrollado el diencéfalo, donde se hallan emociones y sentimientos, su capacidad de sentir y de sufrir es aún mayor que la nuestra.
Por ello y como representantes políticos, les pedimos en nombre del verdadero progreso moral y ético de la humanidad, que se pongan en el lugar de las víctimas. ¿Se imaginan a ustedes mismos en su lugar? ¿Acaso se daría libertad a un ser humano para que torturara así a otro ser humano? ¿Por qué se oponían a este sufrimiento antes de las elecciones y ahora han quedado amnésicos?
El mismo sentido de la justicia, la misma oposición a la crueldad y la misma compasión que les hacen rechazar otras formas de opresión, abuso y violencia a personas o a animales, tienen que hacerles reaccionar ante tanto dolor provocado a los toros…
Escuchen las voces de las ciudadanas y ciudadanos que nos avergonzamos de pertenecer a un país donde se practican estas brutalidades indignas de un pueblo civilizado y ordenen de inmediato su abolición. Nosotros no tenemos amnesia y en las próximas elecciones así se lo vamos a demostrar.
BEATRIZ RODRIGUEZ MARTINEZ
DNI: 50461431Y
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